Mostrar mensagens com a etiqueta Ares. Mostrar todas as mensagens
Mostrar mensagens com a etiqueta Ares. Mostrar todas as mensagens

quinta-feira, fevereiro 21, 2008

A Guerra na Antiguidade III

O Centro de História da Universidade de Lisboa promove no próximo dia 13 de Março o III Colóquio “A Guerra na Antiguidade”.
A inscrição importa em 5€, com certificado, mas a entrada é, naturalmente, livre.
As comunicações são, como noutras ocasiões, de luxo:

- “A Anabasis de Xenofonte, meu primeiro livro de Guerra Antiga: de Aquilino a Roger Vailland” (João Medina);
- “A Regra da Guerra ou a «Ordem Militar» de Qumrân” (José Augusto Ramos);
- “Senaqueribe e Jerusalém (701 a.C.): «reciclagens» bíblicas da guerra psicológica assíria” (Francolino Gonçalves);
- “A crise política e militar de Šamaš-šumu-ukin no reinado de Assurbanípal” (Francisco Caramelo);
- “E a «Espada de Aššur» abateu-se sobre a Fenícia…” (António Ramos dos Santos);
- “A batalha contra os «Povos do Mar»” (Luís Manuel de Araújo);
- “A batalha de Ráfia (217 a.C.) e o «nacionalismo» egípcio do período ptolemaico” (José das Candeias Sales);
- “A guerra e as armas no Portugal pré-romano” (Ana Margarida Arruda);
- “«Nós matamos, possamos nós matar». O hoplita e a falange. O triunfo da infantaria simétrica no Mundo Antigo” (José Varandas);
- “Em honra de Ares. Do sacrifício humano como oferenda bélica no mundo greco-romano” (Nuno Simões Rodrigues);
- “As Termópilas (480 a.C.), entre o mito e a realidade: perspectivas” (André Oliveira Leitão);
- “Carros de combate na Antiguidade: de plataforma móvel de tiro a sinal de prestígio” (Pedro Gomes Barbosa);
- “Os soldados na Lusitânia romana, na guerra e na paz. Uma perspectiva histórico-epigráfica” (Amílcar Guerra);
- “Em busca do exército romano da conquista: indicadores indirectos no registo arqueológico” (Carlos Fabião);
- “Bellum atrox uictis et uictoribus: o flagelo das guerras civis na historiografia de Tácito” (Cristina Pimentel);
- “As armas ligeiras do exército romano: análise comparativa República/Império” (Miguel Sanches de Baêna);
- “Defesa, combate e objectivos imperiais na Hispânia tardia” (Adriaan de Man).

Falta referir que os trabalhos começam às 9h no Anfiteatro III da Faculdade de Letras da Universidade de Lisboa.

terça-feira, setembro 11, 2007

Jorge Luis Borges - "El hacedor"

«El Hacedor

Nunca se había demorado en los goces de la memoria. Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna de la que había caído un león, la lisura del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de la carne de jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel, podían abarcar por entero al ámbito de su alma. Conocía el terror pero también la cólera y el coraje, y una vez fue el primero en escalar un muro enemigo. Ávido, curioso, casual, sin otra ley que la fruición y la indiferencia inmediata, anduvo por la variada tierra y miró en una u otra margen del mar, las ciudades de los hombres y sus palacios. En los mercados populosos o al pie de una montaña de cumbre incierta, en la que bien podía haber sátiros, había escuchado complicadas historias, que recibió como recibía la realidad, sin indagar si eran verdaderas o falsas.

Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía. Cuando supo que estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro. Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó, miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e inexplicablemente sintió, como quién reconoce una música o una voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad. Entonces descendió a su memoria, que le pareció interminable, y logró sacar de aquel vértigo el recuerdo perdido que relució como una moneda bajo la lluvia, acaso porque nunca lo había mirado, salvo, quizá, en un sueño.

El recuerdo era así. Lo había injuriado otro muchacho y él había acudido a su padre y le había contado la historia. Éste lo dejó hablar como si no escuchara o no comprendiera y descolgó de la pared un puñal de bronce, bello y cargado de poder, que el chico había codiciado furtivamente. Ahora lo tenía en las manos y la sorpresa de la posesión anuló la injuria padecida, pero la voz del padre estaba diciendo: Que alguien sepa que eres un hombre, y había una orden en la voz. La noche cegaba los caminos; abrazado al puñal, en el que presentía una fuerza mágica, descendió la brusca ladera que rodeaba la casa y corrió a la orilla del mar, soñándose Ayax y Perseo y poblando heridas y de batallas la oscuridad salobre. El sabor preciso de aquel momento era lo que ahora buscaba; no le importaba lo demás: las afrentas del desafío, el torpe combate, el regreso con la hoja sangrienta.

Otro recuerdo, en el que también había una noche y una inminencia de aventura, brotó de aquel. Una mujer, la primera que le depararon los dioses, lo había esperado en la sombra de un hipogeo, y él la buscó por galerías que eran como redes de piedras y por declives que se hundían en la sombra. ¿Por qué le llegaban esas memorias y por qué le llegaban sin amargura, como una mera prefiguración del presente?

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la hora que descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo. Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.»

Jorge Luis Borges, El hacedor. Biblioteca Borges, Alianza Editorial, Madrid, 2005